Monday, January 01, 2007

CUENTOS QUE SON EXPERIENCIAS (A MI ABUELO VICENTE)

AÑO NUEVO, EL MISMO RECUERDO

Cada fin de año me invaden los recuerdos de mi infancia. En ellos, el protagonista principal es mi abuelo Vicente Santeusanio, mi superhéroe preferido. Yo soy descendiente de una de esas familias de italianos que se reunían en Navidad, Año Nuevo y Pascuas a festejar como locos, junto a sus hijos, nietos, amigos y allegados. Éramos unas 80 personas. Siempre había alguien (casi siempre mi abuelo, claro) dispuesto a disfrazarse de Papá Noel para repartir los regalos a los chicos y a los grandes. Era un ritual maravilloso, que finalizaba con una caravana de autos detrás de una camioneta que llevaba a pasear a Papá Noel por todo Escobar, llena de pibes felices. Muchas veces, se me caen las lágrimas cuando recuerdo esos momentos. Se positivamente que nunca voy a poder ser tan grande en la vida como Vicente Santeusanio, pero, al menos, en cada Navidad, me disfrazo de Papá Noel para que mi hija también recuerde con cariño algunos momentos de su infancia. Quizás sea una imitación barata, pero siempre sale de mi corazón.
Lo que sigue son dos de los muchos cuentos que describen momentos que compartí con mi abuelo. Que los disfruten.

A PESCAR CON EL "NONNO"

Aquella madrugada de verano, y tal como yo se lo había pedido, me despertó para que lo acompañara al muelle, a pescar, a "tirar el mediomundo", o a "colar agua", como solía referirse El a esa actividad. Me levanté volando, con el entusiasmo propio del estreno. Me recordó, con la dedicación y el cariño de siempre, que me lavara bien los dientes y la "cara con jabón". Cosa curiosa:¿Para qué uno se tiene que lavar la cara con jabón? Increíblemente, ese insólito consejo me quedó como una costumbre para toda la vida, porque tengo 32 años y me sigo lavando la cara con jabón, a pesar de que muchas veces me arden los ojos como para explotar, y me quedan rojos por la irritación hasta las diez de la mañana.
Después del aseo, en orden y sin hacer ruidos porque estaba durmiendo "Minucha", mi abuela, me acerqué al comedor del departamento que Don Juan le alquilaba cada mes de marzo de cada año en La Lucila del Mar, donde me esperaba el desayuno más increíble que jamás hubieran visto mis inocentes ojos: un tazón de café con leche capaz de proveer calcio y calorías a un equipo de fútbol entero en plena pretemporada, una de las diez roscas de reyes que habíamos llevado desde Escobar (porque El tenía una panadería), pan cortado en rodajas, un pan de manteca y un pote de dulce de leche, como para abastecer a todos los pescadores que ese día visitarían el muelle. Tal como el me lo había pedido, comí bien, porque íbamos a volver "muy tarde", como a las nueve de la mañana (nunca conocí a nadie, ni conoceré en la vida a alguien, que midiera el tiempo con tanta particularidad y exactitud como lo hacía mi abuelo), y hasta esa hora no iba a volver a comer. Entonces no dejé una sola gota del suculento café con leche que tenía ante mis ojos ni una sola miga de la rosca de reyes que me había cortado. El tomó su café con leche de siempre acompañado de las galletas marineras que se hacían en su panadería. Así, quedamos dispuestos para transitar el camino que desembocaría en el cumplimiento de mi deseo más ferviente: ir al muelle a pescar. Ser yo quien, colador de cocina estropeado mediante, saque los cornalitos o "matungos" de la red traicionera del mediomundo, y contribuir decisivamente al almuerzo de ese día. Es que yo era todavía muy pibe, y creía en lo que El me decía antes de salir: "Si no pescamos, hoy no comemos", y que repetía cada tanto.
El ya tenía todo preparado desde la noche anterior: mediomundo(obvio), colador viejo, dos trapos (sabía que iría conmigo), dos baldes ( la expectativa era siempre grande) y un detalle que siempre me llamaba la atención: se ponía un pullover encima de la camiseta y otro atado al cuello, que siempre terminaba atado a la baranda del muelle y que ¡jamás usó!. Un día le pregunté para que lo llevaba. Y el, tan locuaz, creativo y parco, me dijo: "¡Por las dudas!". Yo estaba bien abrigado, porque las madrugadas al lado del mar son frescas y muy húmedas, porque era muy chico y me tenía que cuidar y porque si me llegaba a resfriar ¡Minucha lo mataba!, como el decía.
Las cuatro y cuarto de la mañana de aquel día de marzo de 1978. Una delegación internacional de Derechos Humanos visitaría pronto el país, estaba por comenzar el Mundial de fútbol, todos los días se conocían nombres de desaparecidos y yo hacía dos meses había cumplido los seis años. Estábamos listos. El levantó el mediomundo cual gladiador enfrentando su destino, lo apoyó en su hombro izquierdo y con su mano derecha tomó, con convicción, el balde vacío. A mi tocó llevar el otro balde, que contenía los trapos y el colador oxidado y con olor a pescado. Al levantarlo, creí ser un pesista quebrando el récord mundial en la especialidad de envión.
El también estaba expectante. Era muy raro que fuera a pescar acompañado. Y yo no era una compañía cualquiera. Requería de un trato especial y de mucha paciencia. Es que era muy, pero muy, pero muy, rompepelotas, inquieto, caprichoso, me aburría fácil. Pero arrancó seguro hacia el desafío, al paso de siempre, conmigo al lado.
Avanzamos en silencio, surcando la solitaria noche de ese pintoresco balneario. Solo el ruido provocado por el viento que soplaba sin piedad sacudiendo las copas de los árboles y el rumor de fondo del incesante ir y venir de las olas del mar quebraban la quietud de ese cuadro.
Llegamos a la última esquina. Doblamos por Rebagliatti después de dejar Mendoza y el muelle, imponente, se presentó ante mi. La adrenalina que liberó mi organismo me hubiera permitido correr y clasificar para los 100 metros llanos de los juegos olímpicos de Moscú de 1980. Mi corazón latía a velocidad luz, no podía controlar mis piernas, empecé a revolear el balde para adelante y atrás y, de repente, empecé a saltar improvisando un homenaje a la nena rubia de la publicidad televisiva de "Dánica Dorada". El, sin darse cuenta de todo lo que me ocurría, marchaba seguro, con la vista puesta en algún lugar ubicado entre el muelle de La Lucila del Mar y el horizonte, como buscando a sus presas en la inmensidad del océano.
Pisar el muelle, pagar la entrada y caminar sobre las tablas de quebracho blanco hacia la parte más ancha del muelle fue para mi una especie de ceremonia de iniciación, en la que me sentí omnipotente, creador del mar y los seres vivos que lo habitan. Esperaba que algún colega (porque yo ya era definitivamente un pescador) me confundiera con Poseidón. El, experimentado y calculador, preguntó por el pique. "Tire confiado que está saliendo". Todavía conservo en mis retinas, y en el costado más lúcido de mi memoria, cada uno de esos quince segundos que tardó el mediomundo en caer a ese mar tan calmo, pero en el que Dios depositó, ese día, toneladas de peces en el pequeño muelle de La Lucila del Mar, para colmar nuestra avidez de pescadores.
El mediomundo se hundió. Y por mi mente comenzaron a cruzarse imágenes insólitas. Entre ellas, recuerdo como caí de cabeza al mar desde el morro, o como se desprendió la red del mediomundo al levantar a un terrible y gigantesco tiburón, propio de las películas de Spielberg, o como, en el mejor momento de la pesca, una maldita ola, cuyo extremo más alto lograba salpicar al mismísimo San Pedro, nos arrastraba el balde con su contenido dentro (nuestro almuerzo) para caer a las aguas, es decir, volver a su estado original a moribundos peces que, la verdad, estaban incómodos en ese balde viejo. Por otro lado, muchas dudas me atormentaban: ¿Estaría a la altura de las circunstancias?¿Sería capaz de extraer con éxito un pequeño cardumen de cornalitos? Yo era muy chico, sabrían perdonarme. ¿Qué pasaba si agarraba un pescado con la mano y me resbalaba para perderse en la inmensidad de océano?¿Sería grave que eso me pasara?
Cuando regresé a la realidad, el mediomundo estaba hundido. El miraba fijo. Dejó pasar unos segundos, que yo suponía los segundos que los héroes esperan para pasar a la inmortalidad, y repentinamente, la inmensa red quedó a la vista nuevamente cargando ¡DOS CORNALITOS!. Había llegado el momento de la verdad. Los pensamientos y las suposiciones dejaron lugar a la acción. Me concentré en la olla de alambre tejido y gravé minuciosamente la posición de los pobres peces para no desperdiciar un segundo de tiempo cuando llegara el momento de la caza. El mango del colador estaba hundido en mi mano, que, mojada por la transpiración, temblaba como una hoja. El, con facilidad y cálculo, me acercó el mediomundo a la baranda y barrí con firmeza su contenido, quedando los pichones de pejerrey atrapados en el colador. Había triunfado. La primera caza de mi vida había sido un éxito.
Los deposité en el balde, donde saltaban perdidos. Me arrodillé y les clavé la vista. No dejé de mirarlos por largos segundos. Creo que no murieron porque estaban fuera del agua. Años después creo que murieron porque estaban ojeados: les debe haber reventado la cabeza.
Nos cansamos de pescar. Llenamos un balde. Hasta tiré el mediomundo y lo levanté yo solo, hasta la baranda. Fue mágico. Así que, a las nueve, como estaba previsto, juntamos los bártulos y partimos hacia "la gasa"(sic). Al pasar por la boletería del muelle, lo saludaron con afecto, el que se había ganado, simplemente, por ser como era. "Hasta mañana, DON VICENTE. Traiga al pibe de vuelta, que hoy nos dio suerte". ¡Claro!. El pibe era yo. Entonces comprendí que la gloria era completa: Ese día, mucha gente pudo comer gracias a mi. Me podía haber retirado de la pesca sin tener que demostrar nada más.
Esa fue la primera vez en mi vida que fui a pescar, y fui con El, con mi abuelo, mi nonno, Don Vicente.
Como no podía ser de otra manera, camino a "la gasa"(sic), me compró una docena de facturas ¡para desayunar!, en la panadería "El muelle", que todavía está al lado de "La almeja erótica", donde habitualmente filosofaba con el viejo "Nengo". Se comportó con el humor de siempre:"Soy un panadero comprando'l pan e' la fatura(sic) en una panadería que no e' mía". Se las regalaron, ya lo sabían generoso.
Esa mañana increíble para mi existencia, también aprendí a limpiar cornalitos y a rebosarlos para freírlos. Tan entusiasmado estaba, que ni siquiera pensé en ir a la playa.
Preparé la mesa y nos sentamos a comer los cornalitos fritos que me perdían y me siguen perdiendo. Lo primero que hice fue intentar reconocer a aquellas dos primeras víctimas de mi implacable acción cazadora. El, sabio y sagaz, repentizó y me alcanzó dos. "Eso son lo do primere ca sacamo' dall'aqua(sic)". Me lo creí.¿ Cómo no le iba a creer a mi nonno a los seis años?.
Dormimos la siesta juntos y, como cada tarde, a las tres, arrancamos para la playa mi nonno, mi nonna y yo. Pero ese día, fui yo el que cargó la pesada sombrilla floreada sobre mi hombro derecho. Es que ya era un poco más grande. Y mucho más feliz.

PABLO. AL NONNO. CON TODO EL AMOR QUE PUEDO. 28/11/2003.

EL EQUIVOCADO ERA YO

“-Jugá conmigo. ¡Dale!¿Podés jugar?¿Qué esperás?¡Qué se haga de noche!(eran las cuatro de la tarde, en verano y en la playa, parecía que el sol se quedaría hasta el final de los tiempos)¡Dale nonno!¿Eeeh?¿Vas a jugar o no?-“. Así estuve media hora. Tanto lo jodí, que se levantó de su silla playera, tomó la paleta de madera y empezó a jugar conmigo. Mi testarudez había logrado un nuevo triunfo. Ni siquiera tenía en cuenta que él quería descansar. Toda la atención debía ser para mi. Hoy, que ya no tengo pelo, pienso que debo haber resultado rompe pelotas no solo a mis abuelos, sino también a aquellos que se ubicaban cerca de nuestra sombrilla, porque no me quedaba quieto , no dejaba de hablar solo, relatando partidos de fútbol o emulando a Vilas en la final del Abierto de EE.UU mientras hacía “jueguito” con la paleta y la pelotita, provocando el insoportable “tac-tac” del rebote de la pelotita en la paleta de madera que, a veces, llegaba a 300 repeticiones.
Por lo tanto, se hacía difícil para aquellos que me rodeaban pasar un día de vacaciones en paz.
El nonno, no tenía ganas de jugar a al paleta. Entonces, revoleaba paletazos sin ton ni son, haciéndome correr como un condenado para que me decidiera a jugar otro juego. Iba de un lado al otro como un loco, obsesionado por lo que estaba haciendo. Mi persistencia me sostenía en posición para responder a las devoluciones violentas, pesadas y fastidiadas que enviaba mi nonno del otro lado de la cancha que yo había marcado en la arena con la parte del “mango” de la paleta, de tal manera que el lado que yo ocupara fuera más chico que el de mi oponente, gracias a la intencionada curvatura del trazo que practiqué.
Cuatro veces me pidió dejar de jugar, a lo que me negué rotundamente con determinación y soberbia, porque iba ganando claramente. Mi nonna, Minucha, mientras leía sentada en su reposera verde, me recomendaba que dejara descansar al nonno, porque había ido a pescar a la madrugada y no había podido dormir la siesta por culpa del ruido que hacían mis pelotazos contra la pared del dormitorio del departamento que le alquilábamos a Juan todos los veranos. Su sabio consejo, por lo oportuno y por lo que las experiencias anteriores indicaban, no me amedrentó, y continué practicando ese ir y venir inútil en busca de la pelotita de goma que con rabia y sin ganas era impulsada por el imponente brazo derecho de mi abuelo, surcando cielo y playa, lo cual era la prueba fehaciente de que él, ¡NO QUERÍA JUGAR MÁS CONMIGO!, lo cual para mi era una afrenta imperdonable, porque yo era el “centro del universo” y todo lo que se decidiera hacer debía estar orientado a colmar mis deseos y caprichos, y la predisposición de los demás hacia mi bienestar debía ser permanente. Yo, Pablito, un flaquito al que se le podían contar las costillas desde la otra cuadra, con el pelo a lo Carlitos Balá, que con tanto cabello y tan poco peso, si se lo veía de costado, parecía un fósforo, poseedor de una voz chillona de pito tirando a insoportable y dueño de una capacidad extraordinaria para sacar de quicio al más tranquilo de los mortales (mi abuelo Vicente), creía ser el centro de atención del mundo conocido hasta entonces, 1980. Tanta soberbia e ignorancia juntas en mi inconciencia me transformaban, por momentos, en un pequeño ser despreciable. Todavía recuerdo con mucha claridad estas características de mi personalidad y, a la vez, el efecto que ellas provocaban sobre los adultos que se encargaron de mi crianza. Cuando a cualquiera de ellos se les pregunta como era yo en mis años de infante y primaria, surge una respuesta unánime, con tono inclemente y marcado: ¡“FUE LO MAS ROMPEPELOTAS QUE YO CONOCI!”, y aprovechan para hacerme mierda con una anécdota. Lo más curioso es la bronca con la que responden, lo cual demuestra a las claras que, en forma impensada, comportándome naturalmente en aquellos años como ellos dicen que yo lo hacía, siempre logré mi cometido: ¡LLAMAR LA ATENCIÓN!.
Cansado, dijo:”Non cuego ma’”. Y se fue derecho a la sombrilla, donde lo esperaba una lona desplegada sobre la arena, en la que pensaba descansar. ¿Cómo se le pudo ocurrir semejante afrenta?¿Por qué no me consultó antes?(En realidad, me lo había sugerido unas diez veces y, además, yo sabía que no quería jugar). Con esa osada actitud, estaba poniendo punto final al partido de paleta playera cuando todavía faltaban siete puntos y en el que me imponía con absoluta comodidad. Entonces, uno de los siete pecados capitales, la ira, se manifestó para cambiar el destino de buena parte de mi vida: le tiré un paletazo. Le pegué en el pecho. El vuelo del proyectil que improvisé para cometer el acto de traición más espantoso de mi vida se vio ayudado por el viento a favor, lo cual aumentó la velocidad y el peso del impacto.
Mientras la paleta iba camino a la fastidiada humanidad de mi abuelo, comencé a adivinar un futuro inmediato completamente oscuro para mi permanencia en La Lucila del Mar, el lugar que amaba, pórque siempre iba con mi abuelo. Quise correr y llegar antes que la paleta, quise detener el viento (momento en el cual me di cuenta de que no era Dios), le pedí a todos los santos (ya tenía un año de catecismo) que desviaran el proyectil en nombre de la piedad, pero todo fue en vano. Azorado, arrepentido, desesperado, asistí a uno de los momentos clave de mi vida: el ruido hueco provocado por el encuentro entre le pecho de mi abuelo y la paleta voladora en ese lugar del espacio (la playa de La Lucila del Mar, en la bajada de la calle Entre Ríos, a unos veinte metros del mar) cambiaría muchas cosas en mi vida. Desde ese día, mi carácter ya no fue el mismo. Lo puedo jurar con mi hija.
Ese golpe le dolió en el alma. Vivía sus vacaciones para satisfacerme. Me compraba las fichas para jugar en los “flippers”, me alimentaba como para que en todo el año no me faltaran calorías, me hacía la cama, me llevaba a pescar, me permitía limpiar los cornalitos que pescábamos (a pesar de que mi brutalidad los destrozaba), me enseñaba a juntar almejas...Y yo le pagaba tan desafortunadamente. Había sobrevivido a la segunda guerra mundial para que un mocoso mal aprendido lo despreciara sin miramientos. Era inaceptable.
Después del impacto, comenzó a correr hacia mi, bufando como un toro. Cuando vi su expresión de odio, que nunca había visto en él, que era la persona más buena del mundo, comprendí que, en ese instante, cinco de la tarde con el sol que rajaba la arena, para mi empezaba la noche. Corrí con todas mis fuerzas porque el desenlace de ese conflicto era muy claro y lo quería evitar. Mi abuelo me corría por la playa con tanta furia, que hasta hubiera saltado el muelle para agarrarme. Yo era rápido: lo esquivé con un quiebre de cintura notable bajando de un médano.
Para el resto de los veraneantes fue un momento fascinante y, a la vez, desopilante. Salir de la rutina siendo testigos de semejante espectáculo hubiera merecido aplausos para los protagonistas, nosotros.
Persistió, a pesar de las dificultades que provoca correr sobre la arena seca, caliente y pesada. Camino al mar, donde aseguraba mi posición por un buen rato, mi carrera se detuvo...Su mano derecha tomó contacto con mi abundante y lacia cabellera, y al mismo tiempo, me pegó una reverenda y terrible patada en le culo que me hizo temblar hasta las muelas. Me conmovió de tal manera, que pensé que había caído de un octavo piso. Los oídos me zumbaban como si adentro de mi cabeza se hubieran encontrado una ambulancia y los bomberos. Creo, también, que mis pequeñas costillas hicieron un movimiento de acordeón y tomaron contacto con mis hombros y nuca, y la conmoción general me dejó tirado en la arena un rato largo, en el que no logré conectar neuronas para pensar absolutamente nada. Solo recuerdo el marrón de arena mojada, que cambiaba a rojo y que, por momentos, quedaba adornado por estrellas titilantes.
Repentinamente, me tomó de un brazo y me arrastró hasta la sombrilla, donde la nonna me recibió con un sabio, frío y lacónico:-“Yo te dije-“, para volver a bajar la cabeza y seguir leyendo. El nonno ordenó:-“agará eso e lo lleva hasta la gas(sic)-“, señalándome dos sillas playeras, un bolso con algunas cosas que yo preparaba para llevar a la playa(galletitas, facturas, leche chocolatada “Cindor” en envase de vidrio, las paletas, la pelotita, la pelota de fútbol, etc.), la lona y el palo de la sombrilla. Me hizo arrastrar todo eso durante 6 cuadras, previa escala en un médano ardiente. A mi, que nunca me iba de la playa más que con la sombrilla al hombro, a la que llevaba no para ayudar, sino para fanfarronear. A mi, que cuando volvíamos para la casa después de la playa no me cargaban de cosas porque estaba “cansado”. Sin dudas, había comenzado el castigo.
Durante el trayecto, ni nos miramos. No me habló. Ni siquiera me recomendó que tuviera cuidado al cruzar la calle. Iba con la cabeza gacha, sin fastidio, pero decepcionado, buscando un consuelo. Realmente, me sentí mal. Hasta ahí, yo pensaba que solo el daño físico podía provocar dolor a los adultos, a los que veía tan seguros de si mismos...Al ver así al nonno, comprobé que los males del alma pueden matar. Yo era el maldito responsable de esa situación. Era yo el que, a base de caprichos molestos, provocaba que mi abuelo, en sus dos únicas semanas de vacaciones de todo el año, se sintiera tan mal en el lugar que tanto amaba, y haciendo lo que el amaba: servir a los demás. Le estaba arruinando las vacaciones con arrebatos de egoísmo, soberbia, creyéndome el dueño de todo.
Las ganas de llorar me empezaron a acogotar. Pero, orgulloso, no quise aflojar. Llegamos a la casa y se dirigió a mi:”-Sentate a la mesa. Te tomá la leche e’ te va’ a dormí a la cama(sic)-“. Fue todo lo que me dijo hasta el otro día.
Tanta angustia acumulada hizo que comiera como si fuera la última vez en la vida. Yo solo me bajé una rosca. Suerte que mastiqué el juguete sorpresa, sino me lo tragaba también. Después de terminar el café con leche, me fui a acostar, sabiendo que las cosas serían diferentes para mi después de despertarme.
Dormí como un ángel. Desperté con la arruga de la funda de la almohada marcada en la cara, como a las siete. El se había ido a pescar, y la nonna ya se había levantado a lavar la ropa.-“Buen día, nonna-“ ¡Eh, chilindrí! ¿Come dormiste?-“, me recibió con sorpresa. –“¿El nonno?, pregunté. –“Está al muelle, ¿Dónde va’ star?. –“¿Está enojado todavía?, seguí tanteando el ambiente. Tan diplomática y expresiva como siempre, respondió:-“Claro-“. Toda la angustia que mi largo sueño había enterrado, reapareció en ese instante. Fui al baño a lavarme los dientes y la cara, con jabón. Estaba mirándome al espejo , realizando la primera y quizás más sincera autocrítica de mi vida, que resultó despiadada y meticulosa, cuando lo escuché volver del muelle. Pensé en hacerme chiquito y escaparme por debajo de la puerta del baño, como hacía el Chapulín Colorado. Medí la ventana del baño: imposible salir por ahí. Opté por quedarme en el encierro fatuo e íntimo, en el lugar en el que mueren los valientes. Como gran cobarde que era, no quería enfrentar esa situación en la que, a priori, llevaba las de perder. –“Pablo, dale que vino el nonno, e hay que limpi¨´a’ lo’ pescado!-“. Yo no moví un dedo. Y cuando estaba pensando en que no me dejaría bajo ningún concepto tocar sus presas del día, mi nonna insistió:-“Dale, que el nonno te compró una tiquera pa’ limpiá’ lo’ cornalito (sic)-“. ¡No lo podía creer! Después de actuar con tanta cobardía, después de haberlo traicionado, después de agredirlo injustamente, seguía siendo generoso conmigo. Y comprendí que el nonno Vicente era incapaz de no ser generoso, de no tener un gesto de amabilidad, de cordialidad. Y por eso fue el héroe de mi infancia, y un verdadero grande en la vida.
Entonces, por fin, exploté en un llanto conmovedor, al que recuerdo y aún lloro, abrí la puerta del baño y corrí a buscarlo. Lo abracé fuerte y le pedí perdón mil veces. –“Ya’ sta, ya’sta, no lo hace ma’ e’ listo-“. –“Non te haga’ problema. Vamo’ a limpia’ lo’ cornalito con la tiquera nueva que te compré(sic)-“.
Tanta sabiduría resumida en una paliza y unas diez o doce palabras, sumadas a un gesto de cariño, estaban dándome unas de las lecciones más soberbias de toda mi vida. Es decisiva la influencia de mi abuelo en mis cambios de carácter. Me resulta extraordinario ser la persona que soy en la actualidad y compararme con la basura juvenil que resultaba ser. El me enseñó a darle valor a las cosas simples de la vida, que hoy son, ni más ni menos, que las que más recuerdo.
Limpiamos los cornalitos y hasta los freí. Como correspondía, comí como un animal. Pero ese día no jugué a la pelota en el patio a la hora de la siesta, dejé de preguntar la hora a cada rato (¿Para que uno, a los ocho años, tiene que saber la hora, estando de vacaciones?) y a ninguno de los dos molesté para ir a la playa.
Ya en la playa, me entretuve solo, tanto, que conocí a algunos chicos de mi edad, con los que terminé compartiendo como diez veranos. Es más: entre ellos estaba la chica a la que, años después, le di mi primer beso...
La vida...Mi abuelo sabía lo que era la vida. A través de símbolos o gestos, o a los golpes, se la pasó dándome lecciones de vida. Todo lo que me enseñó, me quedó metido en la cabeza como con un taladro. Cada llamado de atención que me hacía, tenía como respuesta inmediata mi cambio de actitud. Es que yo lo respetaba mucho, y lo quería...Lo quería tanto, que me olvidaba que mi papá y mi mamá quedaban a 400 kilómetros de distancia.
Desde ese día, mi actitud fue otra. Empecé a aceptar que estaba lejos de ser Dios, o a convencerme de solo estaba en camino de serlo. Mi personalidad cambió, y no solo por la paliza. Yo procedía injustamente con mis abuelos y lo había pagado. No sabía, pero estaba creciendo. Porque estaba cambiando actitudes y madurando decisiones. Todavía mejor: estaba tratando de ser diferente mejorando mi proceder con los demás. Así fue. El resto de los días de las vacaciones que pasé con mis abuelos en 1980 fueron muy especiales para mi. Sabía que había dado un paso adelante. Nacía en mi la capacidad de ser autocrítico. Y me di cuenta, sin miedos, ni reproches, sin dolor, pero con humildad, que ¡EL EQUIVOCADO ERA YO!.

GRACIAS, NONNO. 05-01-04

TANOPERIODISTA

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